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Lectura recomendada: EL MONTE ANÁLOGO
O La Montaña análoga, según la antigua traducción de la editorial Alfaguara.
ALGO SOBRE LA HISTORIA(editorial Atalanta):
La idea es que en alguna parte del mundo existe una humanidad superior, que conoce todo lo que es un misterio para nosotros, como si dijéramos, en contacto con la divinidad, y ese lugar acaba siendo en este libro EL Monte Análogo.
Hasta ahora no había sido descubierto porque en realidad se encuentra en un continente invisible, a causa de la curvatura del espacio, en medio del océano Pacífico, pero es allí a donde deben dirigirse los esfuerzos de los que, como los protagonistas del relato, según los cálculos de Pierre Sogol, el más apasionado de ellos, deseen alcanzar ese ámbito mágico y definitivo.
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A la manera de Cristo, que exigía a los que aspiraban al reino de los cielos que abandonasen todo lo que poseían para seguirlo, idéntico requisito es indispensable aquí también para poder alcanzar ese ámbito mágico y definitivo, por lo que no todo el mundo se encuentra en condiciones de realizar el viaje. Y, en efecto, en esta historia así ocurre. Es más, aquellos cuatro que un día abandonaron la expedición que ya estaba en marcha, no podrán en una segunda expedición, organizada por ellos mismos, el arrepentirse de su inicial decisión, estar abocados más que al mayor de los desastres, como así iba a ocurrir, puesto que esta parte de la historia perteneciente al capítulo VI no pudo llegar a escribirla R. Daumal, que murió antes, aunque ya la había perfectamente previsto en el plan y en su desenlace.
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Hay pues que despojarse de todo. Pero es que es este despojarse de todo, lo que lleva a alguien a emprender esta clase de aventura, por encima de la ilusión de cualquier extraordinaria recompensa, como podría ser, por ejemplo, llegar a conocer a esos humanos superiores en su montaña. Pierre Sogol se refiere quizá a esto cuando dice: “Entonces ya nos comprendemos un poco. Por eso puedo decirle que temo a la muerte. No a eso que imaginamos muerte, pues también ese miedo es imaginario. No de mi muerte, cuya fecha quedará consignada en el registro civil. Pero sí de esa muerte que siento a cada instante, de la muerte de esta voz que, desde mi más tierna infancia también a mí me plantea: ¿qué soy yo? Ya que todo, en nosotros y a nuestro alrededor, parece estar montado para seguirla reprimiendo ahora y siempre. Cuando esa voz no habla -¡y no lo hace a menudo!- soy un esqueleto vacío, un cadáver andante. Me da miedo que algún día llegue a callarse definitivamente; o que despierte demasiado tarde –como en su historia de moscas: cuando despertamos, estamos muertos”.
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Dibujo en carta de Daumal a Michaux |
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Nada es más difícil que ir en línea recta y, para revelar al yo, que es de lo que se trata, hay más tarde o más temprano que hacerlo así. Hay que desprenderse de todos los pensamientos aprendidos, hay que desenmascarar al yo en todos los elegantes subterfugios que se busca, hay que arrancarlo también de esa posición tan sólida como una penitenciaría, que es en realidad la muerte. Si de lo que se trata es de eso, de saber quién es uno, y no de amordazarse con ningún carnet de identidad.
No estamos solos, sin embargo, ya que “si logramos abordar la falda del monte análogo, fue porque los guardianes de las puertas invisibles de esta invisible región las abrieron para nosotros (…) Nos habían abierto la puerta, aquellos que nos veían incluso cuando nosotros no podemos vernos, respondiendo con una generosa acogida a nuestros pueriles cálculos; a nuestros inestable deseos, a nuestros torpes esfuerzos”. Como se ve, las fuerzas de un yo dispuesto –que de todas maneras es destronado al conquistar la cumbre- no son suficientes, y esta afirmación de la necesidad de intermediarios para el éxito de la empresa, de la necesidad de ayuda para elevarse a las alturas de esa humanidad superior, parece ser una de las convicciones capitales de la obra. Pierre Sogol habla de ello con el narrador: “Claro que, lo mismo que usted, tanto en mis lecturas como en mis viajes había oído hablar de hombres de una especie superior en posesión de todo aquello que es un misterio para nosotros. No podía resignarme a considerar como una simple alegoría la idea de una humanidad invisible, intrínseca a la humanidad visible. La experiencia demostraba –me decía- que un hombre no puede alcanzar la verdad directamente y por sí mismo; era imprescindible la existencia de un intermediario, en ciertos aspectos aún humano y muy por encima de la humanidad en otros”.
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Esta necesidad tan puesta de manifiesto en el libro, sugiere varias cosas. En primer lugar, que lo desconocido a lo que nos enfrentamos, no nos afecta sólo a nosotros –lo cual sería ya, de hecho, un serio hándicap para su desvelamiento- sino al género humano como tal. En segundo lugar, que puesto que la dimensión y la potencia de lo desconocido son tan extraordinarias, y por lo tanto la calidad de la revelación que va a tener lugar, sería imposible que esto pudiese ocurrir sin que estuviese de acuerdo con nosotros lo desconocido. Hasta el extremo incluso de que si no fuese así, si lo desconocido no jugase a favor nuestro, con toda probabilidad no ocurriría. Y en tercer lugar, que la verdadera sabiduría es algo ya instituido, pero instituido de una forma y con arreglo a unas leyes que se pierden en el tiempo. El camino por lo tanto para acceder a ella –a esa sabiduría- no sólo pasa por cumplir sus reglas ya establecidas, sino por encontrar la ayuda de esos “que nos ven, incluso cuando nosotros no podemos vernos”. Y sin los cuales la distancia magnífica que existe entre esa institución y nosotros sería algo insalvable. Un consejo del libro, dirigido a los montañeros reales y simbólicos, ilumina también de otro modo ese aspecto fundamental, ya subrayado, de la historia:
“Cuando vayas a la aventura –dice- deja alguna huella a tu paso, pues te guiará a la vuelta: una piedra colocada sobre otra, hierbas tumbadas de un bastonazo. Pero si llegas a un lugar infranqueable o peligroso, piensa que la señal que has dejado podría desorientar a aquellos que puedan seguirla. Vuelve entonces sobre tus pasos y borra la huella. Esto va dirigido a cualquiera que desee dejar en este mundo la huella de su paso. Incluso sin desearlo, siempre dejamos huellas. Responde de las tuyas ante tus semejantes”. Es una de las frases más emocionantes que he oído –y digo bien: oído nunca.
Por último, quiero descubrir el pasaje que muestra por qué René Daumal, el Monte, o sea el Monte Análogo, fue tal vez el camino simbólico elegido para llegar a esa cumbre inaccesible de sabiduría: “Releí el artículo. Se trataba de un estudio precipitado acerca del significado simbólico de la montaña en las mitologías antiguas. Hacía mucho tiempo que las diferentes ramas de la simbología se habían convertido en mi estudio favorito –ingenuamente creía comprender algo- y, por otra parte, amaba apasionadamente la montaña como alpinista. La coincidencia de dos tipos de interés tan diverso sobre el mismo objeto, la montaña, prestaba un tinte lírico a ciertos pasajes de mi artículo. (Por incongruentes que parezcan, tales conjunciones son frecuentes en las génesis de aquello que vulgarmente denominamos poesía; hago esta observación, a título de sugerencia, a los críticos y estetas que se esfuerzan por desvelar las interioridades de esta misteriosa especie de lenguaje)”.
Código del Montañista
En la Asamblea General de la Unión Internacional de Alpinismo (UIAA), celebrada en Munich, Alemania, entre el 18 y el 22 de junio de 1964, se recomendó la divulgación de la ponencia presentada por el Club Alpino Alemán, consistente en una serie de consejos prácticos y éticos destinados a los deportistas de montaña.
Las 10 premisas
1. Ser, más que parecer
Hacer montaña significa vencer dificultades. Es educativo, aumenta la confianza en sí mismo, pero no debe conducir aun sentimiento de superioridad. Los montañistas no son una élite privilegiada, sino simples seres humanos que tienen hacia sus familia y hacia la sociedad los mismos deberes que los no montañistas. El montañismo no debe perder su carácter de sana actividad de las horas libres. Además, la vida nos impone tareas incomparablemente más grandes y más importantes que las de la práctica del deporte.
La jactancia, el ruido que se hace alrededor de las figuras, la búsqueda del sensacionalismo y las especulaciones, perjudican al deporte montañés en la misma forma que a la mayor parte de las otras actividades. El hombre capaz, el buen amigo en el que se puede confiar, no se distingue por la fanfarronería sino por la reserva. En él, la veracidad es natural.
2. Ver, observar, aprender
Toda verdadera comprensión es consecuencia de la forma de ver y de captar. Esto exige interés, esfuerzo y experiencia. El que mira a su alrededor sin tomar conciencia de lo que le rodea, no hace más que descubrir superficialmente las cosas más esenciales; comprende poco y aprende también poco. Se puede por ejemplo considerar la vegetación de montaña bajo el aspecto de su color verde sembrado de manchas multicolores, las rocas bajo su aspecto grisáceo y matizado y los alrededores montañosos como una corona de picos anónimos, sin quedar por ello insensible a su belleza.
Pero la experiencia será mucho más rica y perdurable si se toma plena conciencia de ella y se comprende aunque no sea más que en sus aspectos más visibles. Bajo cualquier aspecto que se presente, será mucho más interesante si se conocen sus características y su origen. El que tiene algunos conocimientos sobre las variedades de las rocas y de las plantas, sobre los animales y sus costumbres, el que puede decir algo sobre los habitantes de una región montañosa y sobre su historia y su cultura, no cabe duda que experimentará una satisfacción mucho más rica. Si conoces las montañas que te rodean – puede ser que sus nombres evoquen en ti experiencias vividas, recuerdos y esperanzas – vivirás más intensamente la grande y embriagadora experiencia del montañismo.
3. Prepararse
El éxito de una prueba de montaña depende de su preparación. Las condiciones previas son: la habilidad técnica, el entrenamiento, el buen estado físico y la aclimatación, así como un equipo adecuado. A ellas hay que añadir además la capacidad de juzgar las condiciones del desarrollo y del tiempo. Preparate para la prueba en montaña física, espiritual y psicológicamente. Familiarízate con sus características y sus condiciones particulares (es muy importante fijar la ruta y el horario, anotar en caso de escaladas difíciles, los pasos más fatigosos y eventualmente, los lugares de detención o de vivac, las zonas particularmente peligrosas, las posibilidades de retroceso o de descenso) . No olvidar nunca comunicar vuestro objetivo y la ruta prevista a vuestros parientes más próximos, al guarda del refugio (eventualmente, al libro del refugio) o a vuestros amigos.
4. Realizar lo que somos capaces
Esto implica dos cosas:
a) No queremos reservarnos, sino ir hasta el límite de nuestras posibilidades. Una sana ambición es un elemento positivo. La satisfacción que nos produce la acción cumplida, por el valor de la acción en sí misma, da la verdadera medida. Presenciar las hazañas de un buen montañés, hábil y seguro, proporciona placer.
b) No exagerar. La capacidad es la medida de lo que nos está permitido, es decir, que si las condiciones físicas y psicológicas son malas, si la forma física en ese día nos es satisfactoria, hay que quedarse abajo. La insensatez no solamente pone en peligro a la persona que así actúa y a sus compañeros, sino también con frecuencia, a los que van a socorrerlos. No se puede asumir esta responsabilidad ni ante sí mismo, ni ante los padres o terceras personas que por esta causa se perjudican. Tomarse tiempo. Esta máxima es aplicable tanto antes de la prueba como, dentro de lo posible, durante la misma. Lo que no se ha podido hacer este año, puede hacerse más tarde.
5. Economizar medios artificiales

El que reseña una escalada en el libro de la cumbre, la anota para sí mismo o la cuenta a sus amigos y camaradas del club, reivindica el hecho de haber recorrido una determinada vía ya anteriormente realizada. Es evidente que una renovación no es una hazaña del mismo valor que la primera escalada. Pero, las dificultades características de la escalada de esta o aquella vía, deben permanecer invariables. Del que la realiza por primera vez se exige que sea razonable y del que la renueva que sea leal. No es razonable, ni tampoco admisible para los que vengan después , intentar una primera que represente un riesgo total. No es leal tampoco abrir una vía recurriendo a medios artificiales ilícitos. Esto no es renovar una ascensión, sino violentarla. Toda vía de escalada sembrada de seguros está desvalorizada, y por ello, las vías deben conservarse o volver a adquirir lo más posible su estado primitivo. La moral montañesa exige por tanto una verdadera competición disciplinada de fuerzas midiéndose en condiciones intactas, que uno no tiene el derecho de degradar. Aquel que no escala lealmente debe hacérsele reflexionar y debe educársele. Como toda libertad, la libertad de la montaña está también sometida a reglas morales que excluyen la arbitrariedad y la deslealtad.
6. Tener el valor de renunciar
El que intenta una prueba en montaña, con o sin esquís, debe estar también preparado para el regreso. El escalador debe conocer la técnica del descenso. (Así, por ejemplo, el que prefiere la escalada en roca puede tener que enfrentarse con ciertas dificultades durante sus pruebas combinadas sobre roca y sobre hielo). Debe conocer la vía teórica para juzgar, en caso dado, si es posible o sensato continuar la ascensión, utilizar un paso lateral o resolverse por el regreso. En caso de necesidad, todos los medios son buenos para salir de una pared o de una grave dificultad. Ciertas catástrofes se han producido porque la decisión de retroceder se ha tomado demasiado tarde. Por ello, la cuestión de la retirada debe ser incluida en primera línea en todas las consideraciones sobre la montaña.
Reconociendo a tiempo la necesidad de una retirada, no hacemos más que demostrar nuestro sentido de la responsabilidad. Vale más renunciar demasiado pronto, que demasiado tarde. Aunque no se haya conseguido alcanzar la cumbre, la prueba puede llegar a ser una aventura verdadera e inolvidable, porque en la mayor parte de los casos, la retirada implica la posibilidad del regreso y del éxito final.
7. Socorrer
En una región habitada, podemos ser socorridos, en caso necesario, en cualquier momento. Pero en montaña no es así. Existen desde luego, puestos de socorro, bases y patrullas de salvamento, pero éstas no cubren más que una región muy limitada. El que se encuentra en dificultades en montaña, se ve obligado a solicitar el socorro más próximo. Y es por esto que todo andinista, todo esquiador, debe estar siempre dispuesto a ser capaz de socorrer un forma eficaz. Un curso de salvamento o por lo menos de primeros auxilios, es una de las exigencias inexcusables de todo montañés activo.
El peligro de otros es la señal de socorro inmediato, desinteresado y voluntario. Nadie debe contar nunca sobre la eventualidad de que el auxilio sea prestado por terceros, guías, profesores de esquí o miembros del servicio de salvamento. Pero, el apresuramiento en disponerse a prestar socorro, no debe ser tampoco ciego. La falsa valoración de sus propias capacidades y medios ha tenido ya, a pesar de la mejor voluntad, muchas consecuencias mortales. Para que el socorro sea coronado por el éxito hace falta discernir rápidamente cuáles son los métodos más eficaces. Hay que intentar ante todo establecer contacto con las personas en peligro, para determinar la naturaleza de la ayuda solicitada.
Con frecuencia es también oportuno constatar la forma en que puede llegarse hasta ellas. La decisión sobre la forma de intervención depende de la comunicación establecida con las personas a socorrer. El que por sí mismo es capaz de prestar socorro, debe hacerlo inmediatamente. En caso dado, una tercera persona, de la cual sea posible prescindir, deberá partir en busca de otros socorristas. Si existen pocas probabilidades de socorrer eficazmente y por el contrario, es posible llamar a otros socorristas, conviene hacerlo en el plazo más breve.
Raramente la vida y la muerte dependen tan estrechamente de la decisión justa y de la acción inmediata, como en los casos de salvamento en montaña.
8. Cuidar los refugios
Debemos una gran parte de nuestras posibilidades de excursión a la existencia de los refugios. Nuestros antecesores los construyeron con gran amor y a costa de grandes sacrificios. A nosotros nos corresponde cuidarlos para nuestro uso y el de nuestros hijos, debiéndolos considerar como bases de nuestras excursiones.
Todo montañés sabe por propia experiencia que agradable es la estancia en un refugio limpio y cuidado y lo desagradable que puede llegar a ser si el refugio está sucio o mal cuidado. Por tanto es natural que el deportista de montaña se sienta responsable del estado de los refugios, muy especialmente de aquellos que no están dotados de un servicio de mantenimiento regular y de los refugios de invierno.
Cuanto más contribuyamos al mantenimiento y limpieza de nuestros refugios más a gusto nos sentiremos en la montaña y menores serán los gastos de refugios que figuran en el presupuesto de las sociedades deportivas. El montañismo activo, la formación de los jóvenes, las expediciones y otras disciplinas útiles saldrán a su vez beneficiadas.
9. Proteger la naturaleza
Nos incumbe una seria responsabilidad en la protección de la naturaleza. Todo lo que en ella nos proporciona hoy goce y salud, no debemos dejarlo a nuestros hijos como si fuera un campo devastado. El paisaje montañés es una de las raras regiones donde la naturaleza se encuentra en estado primitivo. Esta “región inculta” debe ser protegida de una supervaloración excesiva bajo la forma de caminos, funiculares, trenes, casas, cercados, centrales eléctricas, industrias y otras muestras de civilización, generalmente con fines lucrativos. Nosotros los humanos, tenemos necesidad de disponer de algún espacio donde podamos estar solos frente a un mundo intacto y sano, para poder encontrarnos a nosotros mismos. La montaña representa este mundo intacto y así debe permanecer.
Esta convicción encuentra su expresión práctica en las leyes para la protección de la naturaleza que todo montañés debería conocer. Además de la protección de animales y plantas, es preciso que nos preocupemos también por el estado de las cumbres y de los caminos que en modo alguno, no deben convertirse en depósitos donde uno se desprende de las latas de conserva vacías, botellas, papeles grasientos y otros desperdicios. El que esto hace, se extiende un certificado deplorable de ignorancia. Es tan sencillo transportar “vacío” al regreso todo lo que se ha subido “lleno”, en caso de que no se prefiera enterrar todos los desperdicios bajo las piedras. Cuidad de que las montañas permanezcan limpias.
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